¿Nos encaminamos hacia el panturismo?
27 febrero, 2025 (05:17:19)No, no se trata de una forma de turismo que se centra en la tradición y la cultura del pan en diferentes localidades o regiones, aunque existe, como una manifestación cultural dentro del segmento conocido como turismo industrial.
Ahora en serio, además de a la integración total de los servicios turísticos, el término “panturismo” alude al impulso o tendencia que lleva a cualquier lugar a querer posicionarse y convertirse en un destino turístico, buscando los beneficios que se atribuyen a esta actividad económica, diversificando las fuentes de ingresos y medios de vida en el territorio de que se trate. Este fenómeno se observa cuando administraciones públicas, empresarios y comunidades locales en su conjunto invierten en la adecuación y promoción de su territorio para atraer visitantes, incluso si originalmente ese lugar no tenía una vocación turística definida. Sin embargo, es fundamental gestionar este proceso con cuidado, ya que no está exento de riesgos si no cuenta con fundamento suficiente y una planificación adecuada.
En teoría, cualquier lugar tiene el potencial de desarrollar una oferta turística. Sin embargo, no debería apostarse por el turismo de manera indiscriminada o sin encontrar soporte en una evaluación rigurosa: las posibilidades de desarrollo económico no suelen acabar ahí. Es fundamental analizar si el destino cuenta con el potencial, la infraestructura y, sobre todo, la capacidad para gestionar el crecimiento turístico de forma sostenible. Invertir en turismo puede revitalizar la economía local, pero también puede acarrear problemas como la incapacidad para absorber los flujos de visitantes, la degradación ambiental, la pérdida de identidad local o el rechazo de los residentes. Por ello, la apuesta debe ser estratégica (con visión y plan a largo plazo), adaptada a las particularidades del territorio y orientada a beneficiar a la comunidad de forma equilibrada y respetuosa con su entorno.
La evidencia es que hoy en día casi cualquier municipio cuenta con una concejalía o departamento de turismo. Esto refleja el reconocimiento generalizado de que el turismo puede ser un motor importante para el desarrollo local. Sin embargo, la clave no está únicamente en tener una estructura dedicada al mismo, sino en lo que esa institución haga con ella. Cuando se crea simplemente por imitación o para “no quedarse atrás”, sin una estrategia real que involucre a la comunidad, al sector privado y que promueva un desarrollo sostenible, puede terminar siendo un simple ejercicio de mimetismo que no aporta valor. Por ello, lo ideal es que cada municipio, al apostar por el turismo, lo haga de manera adaptada a sus particularidades, evaluando su potencial, definiendo objetivos claros y canalizando los recursos en proyectos que realmente beneficien a la comunidad.
En un artículo precedente refería que hay dos tipos de factores que continuarán impulsando la industria de los viajes:
a) Unos, por tratarse de megatendencias de la sociedad contemporánea, que no dependen de nosotros: como la reducción del tiempo de trabajo y el consiguiente aumento del tiempo libre, el aumento de la esperanza y la calidad de vida, la consideración social del turismo como un derecho o una manifestación de estatus, el crecimiento de clases medias deseosas de viajar en gigantes como India y otros países en desarrollo… aunque también existan riesgos o factores que pueden jugar en contra, como las limitaciones o restricciones medioambientales, con sobrecostes para medios de transporte como el avión, por ejemplo.
b) Y otros que sí dependen de nosotros, de nuestras políticas económicas. En lo que al turismo y su gestión se refiere, éstas suelen ligar su crecimiento a la desconcentración de los flujos turísticos espacial y temporalmente, lo que sólo será posible si los turistas/excursionistas son persuadidos para hacerlo y si quienes no están ahora sujetos al trasiego propio de esta actividad, con sus pros y sus contras, quieren que sus barrios o pueblos sean promocionados como nuevos destinos, sin estar preparados para ello y sin haber tejido una alianza con las comunidades locales que lo facilite. O estar sometidos a la presión del turismo durante más tiempo, o incluso permanentemente. Aquí es donde entra en juego el factor de la gobernanza.
En una sociedad en la que el tiempo que puede dedicarse al ocio tiende a aumentar, la transformación en la forma en que concebimos el tiempo libre influirá sin duda en el turismo. Será un factor clave para entender su evolución. Con una mayor disponibilidad de tiempo, si el equilibrio entre trabajo y ocio se optimiza, se abrirá la posibilidad de un turismo más experiencial y auténtico, donde no solo se busca consumir servicios, sino vivir experiencias enriquecedoras. En este contexto, podríamos ver emerger el llamado panturismo: el fenómeno por el cual hasta los lugares más pequeños y aparentemente ordinarios se esfuerzan en convertirse en destinos turísticos completos y atractivos, ofreciendo una propuesta integral que va más allá del mero consumo de atracciones superficiales.
Esto ocurrirá si, en lugar de caer en una ociosidad improductiva [1], la sociedad aprende a aprovechar ese tiempo libre para actividades creativas, culturales y de bienestar. Así, el turismo se convertirá en una herramienta para el desarrollo personal y colectivo, transformando la oferta turística en algo que refleje la identidad y los valores de cada comunidad.
Mirando hacia delante, el reto estará, por tanto, en lograr que el tiempo liberado por la digitalización y la automatización se traduzca en un ocio activo y creativo, que impulse la innovación y la participación social, en lugar de caer en una ociosidad que no genere valor ni bienestar. De esta forma, el futuro del ocio, bien gestionado y orientado al crecimiento personal, puede impulsar un modelo de panturismo, donde cada lugar se convierta en un destino con una oferta turística completa y significativa, impulsada por la creatividad y el deseo de vivir experiencias singulares que enriquezcan la vida.
En definitiva, dado que, salvo hecatombe como la aún reciente pandemia, la máquina del crecimiento turístico no va a parar (capacidad de alojamiento, capacidad aérea programada, etc.), se abren nuevas oportunidades a destinos hasta ahora secundarios o con un alcance muy limitado, a veces por simple desbordamiento de los destinos de primer orden (ya empezamos a ver estudios que avanzan el retraimiento que el sobreturismo empieza a generar en ciertos perfiles de la demanda, o modificaciones en las preferencias derivadas del cambio climático). Eso sí, tendrán que prepararse bien para aprovechar esta ventana de oportunidad, si es lo que desean.
P.D.: ¿Todo puede ser objeto de mercantilización turística, o debe haber límites? Dejo esta pregunta como alimento para la reflexión.
[1] El ocio se refiere al tiempo libre que, bien aprovechado, se dedica a actividades que enriquecen al individuo (ya sea a través del arte, la cultura, el deporte…), mientras que la ociosidad es improductiva e implica simplemente no hacer nada, sin un propósito que añada valor al desarrollo personal o social. En esta línea, en una "sociedad del ocio” el tiempo libre se convierte en un recurso valioso para fomentar la creatividad, el aprendizaje y el bienestar colectivo; es decir, se promueve un uso activo y significativo del tiempo, aprovechando, por ejemplo, las ventajas que ofrecen las nuevas tecnologías para reducir las horas laborales y dedicar más tiempo a actividades enriquecedoras y/o transformadoras como persona. Por el contrario, en una "sociedad de la ociosidad" el tiempo libre se desperdicia en la inactividad o en pasatiempos sin sustancia, lo que puede conducir a la pérdida de dinamismo cultural y a un estancamiento en el desarrollo personal y social. Para orientar correctamente el turismo que viene, esta diferencia es muy relevante.
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